LOVE IN VAIN
Well I followed her to the station
With a suitcase in my hand
Yeah, I followed her to the station
Pensar en las veces que sufrió por ella, en inmensos colectivos que lo llevaban a reiterativos destinos, con el olor de los, aún, campos de cultivo que entraba, al dejar la ventanilla abierta, para impregnarle lo que en el futuro sería el más grato almacén de recuerdos. Una antesala cálida, iluminada en sepia claro, de la muerte, con la puerta siempre entreabierta… When the train come in the station /I looked her in the eye. Y en el fondo, ¿qué sabías tú de las carencias? Algo quizá como la falta de un juguete en cumpleaños, o un poco menos de carne para acompañar a las menestras. El pueblo joven te quedaba distante, la poca salubridad, el niño que corre entre los gusanos, qué tan lejos el río de aguas nauseabundas, el terral que termina pintándoles la ropa, aunque por algo te interesaste en la universidad, cuando fumar yerba te hacía sentir revolucionario. Pero qué lejos de la realidad que te contaban, qué lejos del rostro como sería en tu futuro.
—Nadie se casa con la “vecinita de al lado”, no jodas, eso sucede sólo en las películas… y esto no es una película.
Y no hubo melodía posible que acompañe tu tristeza. Well I followed her to the station/With a suitcase in my hand… Andrea decidió irse a los Yunaites, donde aquel hermano que solo conociste en alguna fotografía, Polaroid a color, y te dedicaste a odiar desde aquel momento.
Acercó un portarretrato, el día de su boda, se les veía radiantes, sonrientes en la sensación ahora sabida, de haber concretado la película. Luego de dos años de sufridas cartas, cada vez, con menos frecuencia respondías, una tarde, tras bajar de del inmenso colectivo y realizar el periplo entero, llegaste al barrio. Y no recordabas quién corrió a darte la noticia. Te dijeron que la habían visto llegar en la mañana, parece una hippie de verdad, comentaron. ¿Y preguntó por mí, dijo algo? Nadie supo darte razón. El corazón al 400% de latidos. Sudoración en las axilas. Dos años, casi una vida por ser tan jóvenes, y sin embargo había vuelto.
Esperó la madrugada entera, con los ojos abiertos, la mirada clavada en el firmamento que se aclaraba a través de la ventana. Un gallo cantó, neblina aún entre los árboles. Luego de tomar un café, sin ganas, enrumbó a la panadería frente a su casa, estaba cerrada. Don Tomas lo saludó.
—Tan temprano Roger…
—Sí, así parece —medio perturbado.
—¿Ya te enteraste? Andrea regresó ayer.
—Ah, no me diga.
—Bueno —el gordo panadero se dedicó a subir la persiana metálica del establecimiento.
En eso la viste aparecer, vestida con una túnica oriental blanca, tenía florcitas coloridas en el borde. El enorme sombrero de paja le impedía verte aún. O quizá los lentes rojos.
No pudiste aguantarte.
—¡Andrea! —mientras te acercabas.
Se quitó los lentes, te sonrió. A dos pasos de distancia, estiró el cuerpo hacia ti, y te besó los labios. Luego, tomó tus mejillas y te dijo.
—Amor… —como si el tiempo no hubiese transcurrido entre ambos, como si fuese ayer que se había ido.

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